Cadena perpetua

Hay temas que no le resultan de interés a absolutamente nadie. Excepto cuando aparecen en primera página de los jornales chorreando sangre y provocando que el personal se desahogue levantando la voz y afirmando: “Yo a ese tío le metía en la prisión hasta el momento en que se pudriera”. Hay temas que nos sirven para el exabrupto, para despachar las injusticias del planeta a base del ojo por ojo. Mas al lado de la función de producir desahogos verbales hay temas que están condenados a enquistarse sin que a absolutamente nadie le preocupen francamente. Son impopulares, pues demandan de nosotros un nivel de esplendidez que no estamos prestos a entregar. El día en que apareció en el diario la nueva entrada del Rafita (uno de los asesinos de Sandra Palo) en una comisaría como consecuencia de su vida pendenciera, miles y miles de espíritus limpios solicitaron desde sus muros de Fb o bien en Twitter la cadena perpetua, la pena capital o bien ese eufemismo que ahora el PP se ha sacado de la manga, la cárcel permanente revisable. Sé que toco un tema sensible: en este país cada ciudadano lleva dentro un letrado-sicólogo-juez-sociólogo aguardando que llegue el instante de dar el diagnóstico terminante. Lejos quedan aquellos tiempos en los que la palabra “reinserción” formaba una parte del léxico de los jóvenes cronistas que nos aproximábamos al planeta penitenciario, más todavía cuando visitábamos uno de esos centros de menores en los que asistentes sociales trataban tozudamente de reconducir lo que ya antes se llamaba una vida descarriada.Cécile de France y Thomas Doret en un fotograma de la película "El chico de la bicicleta", de Jean - Pierre y Luc Dardenne.

A absolutamente nadie le importa pararse a meditar que la ley del menor falla más que una escopeta de feria

Mas estos tiempos son otros, aun desde ciertas psiques que se consideran a sí progresistas solo cabe una solución para los pequeños-adolescentes asesinos o bien ladrones: la prisión sin data de caducidad. A absolutamente nadie le importa pararse a meditar que la ley del menor falla más que una escopeta de feria, que escasean los medios y blogs mas leidos de tipo económico, que la fiscalía del menor deja que las salidas y entradas de los jóvenes criminales se transformen en un hervidero de cronistas, que los medios sensacionalistas tienen el derecho a espiar en todo instante la nueva vida de los recién liberados, vulnerando de esta manera su capacidad para reconstruirla. Pienso en todo eso mientras que veo, con el corazón encogido, una película belga de los hermanos Dardenne, El chaval de la bici. No les hurto tiempo con el argumento: trata de un pequeño descuidado. Suena tópico, mas para qué exactamente definirlo de otra manera: pequeño descuidado. Si bien en la actualidad hay entusiastas de la genética que defienden la idea de que el criminal lleva el delito en la sangre, paseando una tarde radiante por la avenida Columbus, nuestro amigo el siquiatra Luis Salvador Carulla, que ha venido a EE UU a percibir en Harvard el Premio León Eisenberg, me afirma que muy raras veces ha tenido del otro lado de su mesa un paciente en el que se transparentara la capacidad de matar. Y en lo que se refiere a los pequeños-jóvenes criminales, medita con un espíritu carente de la furia propia de estos tiempos: “No me agradaría estar en la piel de quienes deben juzgar sobre su futuro…”. Preciso, no es moco de pavo. Mas , que trata de tender un puente entre la siquiatría y las condiciones sociales del individuo, sabe que hay entornos que nutren el crimen y el trastorno mental, de tal modo que si una ley del menor no sirve para tomar al muchacho que cometió un asesinato o bien una fechoría y sostenerlo protegido en un planeta totalmente diferente del que procedía, los años encerrado en un centro pueden serlo en balde. Me contaba el doctor Carulla que en los años setenta era usual mandar a individuos con arduos problemas de personalidad a trabajar en kibutzim en Israel. El entorno de trabajo al aire libre, de orden y de riguroso cumplimiento de las obligaciones tenía un efecto muy ventajoso en esas psiques desorganizadas.

Lejos quedan aquellos tiempos en los que la palabra “reinserción” formaba una parte del léxico del cronista

En El chaval de la bici, el pequeño desolado y colérico por el abandono de su padre vive una especie de resurrección. Intervienen en ella los asistentes sociales y una mujer que se entrega, con una esplendidez que debe tener su origen en una niñez similar, a la rehabilitación de ese corazón herido. Son temas que en un instante de crisis como vivimos sospecho que no interesan a absolutamente nadie, salvo, como afirmaba, cuando aparecen en los diarios salpicados de sangre, y que nos dejan, desde el planeta de los justos, escupir ese insulto que nos quema por la parte interior. Cadena perpetua, pena capital, cárcel permanente revisable, y solo en ocasiones, un documental de fondo como el que el pasado día aparecía en The New York Times: ¿qué se hace con una población carcelaria avejentada que padece exactamente las mismas enfermedades de los viejos que mueren en libertad? Presos viejos, enfermos de alzhéimer, de demencia senil, de sida, de huesos… Viejos como todos y cada uno de los viejos. Hay ocasiones en las que creo que esos ciudadanos cargados de razón desearían que los adolescentes que el día de hoy delinquen se transformaran en esos ancianos que en países como EE UU mueren entre rejas. A todos esos justos les aconsejaría que fuesen a ver El chaval de la bici. El siquiatra Carulla afirmaba que los cuentos tienen una capacidad de representación que asisten a comprender el planeta. Si bien siempre y en toda circunstancia es más cómodo tener el juicio formado ya antes que ponerse a meditar. ¡A un de España le dirás que cambie de opinión!